miércoles 11 de noviembre de 2009
de estancias y ligamentos
A veces quisiera estar eternamente ligada. No aguanto la idea de que estamos en la cocina, frente a la computadora, a siete minutos de la estación, a nueve horas de la clase de fonología. Necesito estar en la cabeza de alguien, en el corazón de alguien, en su estómago, en sus manos, en el olor de su camisa, entre sus labios.
domingo 8 de noviembre de 2009
de quince años de telenovela
Estoy teniendo pedos de verdad muy fuertes con la escribida. Muy –muy– fuertes. Ya no sé qué hacer. Ni siquiera mi cuaderno de gatitos está siendo productivo. Estoy exprimida. Tan frustrada de verdad que lo único que puedo hacer es ¡escribir que escribo! O, peor todavía: ¡Escribir que no escribo! ¿Qué tal eso, Elizondo? No contabas con la astucia de los blogueros... Acabo de surfear por uno que otro blog –al parecer, famosos blogs, de personas que además escriben en Chilango y no sé qué (muy acá, supongo, sin ofender)–... No sé, no tengo idea, yo soy sólo una amateur. El hecho es que en 3 de 5, tenían un post respecto a no escribir, o respecto al abandono del blog. Y seguritito que Salvador, mi cuate, también escribió su grafógrafo porque ya no tenía otra cosa en la cabeza... (Perdóname, Salvador.)
Y no sé ni a qué echarle la culpa. Las musas me abandonaron. Malditas musas. Se dieron cuenta de que mi concentración está puesta en otro lado. Es el maldito Facebook, que me absorbe la vida. Lo voy a dejar. Ya no voy a abrir el portal mágico de los chismes. Es el trabajo. Es la escuela. Es que no estoy comiendo bien. Es que no me estoy ejercitando como antes. Es que... soy feliz. Estoy feliz y tranquila. Y resulta que la felicidad –o no digamos felicidad, porque suena a muy grandote y a que no hay más que eso, y a que ya no le pretendo más a la vida: digamos, mejor, la satisfacción–, es poco productiva para la escribida. ¿No han pensado nunca eso? A lo mejor es una pendejada. Perdón, si es una pendejada.
Últimamente me pregunto si será posible escribir textos que conmuevan al lector, sin sufrir la escritura. Es decir, que cuando escribimos lo hacemos con el sentimiento in situ, con la experiencia a flor de piel. En esas circunstancias la escritura se trata de un juego de relacionar columnas. Relacionar la columna de la interioridad, de la experiencia, de la emoción, con la columna de los conceptos escritos, del repertorio de conceptos lingüísticos que tenemos a la mano.
No sé. Supongo que mi pregunta se relaciona un poco con esta diferenciación entre actores vivenciales y los otros (que no sé cómo se llamen). Es decir, vuelvo a preguntar, ¿se puede agitar al lector sin agitarse uno mismo? ¿se puede conmover sin llamar la experiencia al texto? Es que traer al texto las palabras es como traer a la memoria los recuerdos, es traer a la experiencia las vivencias mismas. Y, últimamente, de verdad que no tengo ganas de actualizar ninguna experiencia vivida demasiado intensa, bien porque ha sido muy buena, o bien porque ha sido muy mala. Como sea, no quiero recordarlo, no quiero revivirlo. Ya estoy cansada de extrañar y de desear; y hasta la coronilla de arrepentirme y sentir pena por mí.
No sé si es que estoy creciendo. O más bien me está creciendo una capita de insensibilidad. Así nomás. Como cuando uno empieza la adolescencia, así de la nada, de pronto empiezas la adolescencia, y no es que tú lo hayas decidido, y no es que de pronto todos están adolesciendo y te dejas llevar, y no es que inconscientemente adolecer sea una buena idea. Sólo un día, de pronto, lloras, sufres profundamente sin razón, y al día siguiente, ríes, te emocionas profundamente sin razón, y las primeras veces, la sinrazonería es obvia y clara, e incluso tus amigos, que están pasando por exactamente lo mismo, sólo te ven con cara de "depresión adolescente, ¿verdad?", y tú sólo les regresas exactamente la misma mirada, y hasta ahí estamos bien. Pero, claro, luego, después de años de lo mismo, la sinrazonería se vuelve absurda, tan totalmente ridícula y patética, que, al menos, yo, desde mi trinchera, decido, en la sinrazón más absoluta, darle una razón de ser a todo ese montón de patrañas orgánicas. El sufrimiento ahí estaba. La euforia ahí estaba. Yo decidí darle una bonita, romántica, casi odiseica razón de ser.
Pum.
En eso, pasan diez años. Quince años.
No sé si es que estoy creciendo. O es nomás resignación. El cuerpo es implacable con sus mensajes. Ya pasaron diez años desde que mi cuerpo era simplemente perfecto, y aguantaba todo. Y ahora que lleva diez años alejándose de la perfección, él solito se autorregula para no chingarse más. No estoy segura, pero creo que he dejado de adolecer. Creo –y me da miedo decirlo firmemente, porque no vaya ser el diablo, y entonces me caiga la maldición otra vez– que simplemente he dejado de vivir la vida como si fuera una enfermedad. Y para esto me permito citar la RAE (s.v. adolecer).
adolecer.
Y... bueno, ¿a qué iba con todo esto? Es que últimamente ñoñeo tanto y con tanta aceptación, y realmente me he logrado mantener tan alejada de los problemas, que me sorprende. Y lo más extraño es que no estoy aburrida. Estoy tranquila. Antes no aguantaba la tranquilidad. En cuanto la tenía, me subía despavorida al primer tren descarrilado que veía. Ahora es extraño no sentir reticencia a la tranquilidad. En cuanto empiezo a sentir que me aburro, me acuerdo que tengo quinientas lecturas que hacer.
¿Será esto la adultez?
Ni sé. Pero, todo esto, para seguirme disculpando por la falta de montañirrusismo en mi vida. Que desemboca en una obvia y frustrante falta de escritura vivencial. Lo siento. Ahora soy un ser plano. Y además no me da la gana recordar mis 15 años de mexican soap opera. Y el raiting baja. Es tristísimo.
Ahora me voy a dedicar al haikú, o al soneto, o a cualquiera de esas artes, en las que estás tan preocupado por la métrica, que revivir la experiencia quedó en el primer nivel, y luego se olvida.
Y no sé ni a qué echarle la culpa. Las musas me abandonaron. Malditas musas. Se dieron cuenta de que mi concentración está puesta en otro lado. Es el maldito Facebook, que me absorbe la vida. Lo voy a dejar. Ya no voy a abrir el portal mágico de los chismes. Es el trabajo. Es la escuela. Es que no estoy comiendo bien. Es que no me estoy ejercitando como antes. Es que... soy feliz. Estoy feliz y tranquila. Y resulta que la felicidad –o no digamos felicidad, porque suena a muy grandote y a que no hay más que eso, y a que ya no le pretendo más a la vida: digamos, mejor, la satisfacción–, es poco productiva para la escribida. ¿No han pensado nunca eso? A lo mejor es una pendejada. Perdón, si es una pendejada.
Últimamente me pregunto si será posible escribir textos que conmuevan al lector, sin sufrir la escritura. Es decir, que cuando escribimos lo hacemos con el sentimiento in situ, con la experiencia a flor de piel. En esas circunstancias la escritura se trata de un juego de relacionar columnas. Relacionar la columna de la interioridad, de la experiencia, de la emoción, con la columna de los conceptos escritos, del repertorio de conceptos lingüísticos que tenemos a la mano.
No sé. Supongo que mi pregunta se relaciona un poco con esta diferenciación entre actores vivenciales y los otros (que no sé cómo se llamen). Es decir, vuelvo a preguntar, ¿se puede agitar al lector sin agitarse uno mismo? ¿se puede conmover sin llamar la experiencia al texto? Es que traer al texto las palabras es como traer a la memoria los recuerdos, es traer a la experiencia las vivencias mismas. Y, últimamente, de verdad que no tengo ganas de actualizar ninguna experiencia vivida demasiado intensa, bien porque ha sido muy buena, o bien porque ha sido muy mala. Como sea, no quiero recordarlo, no quiero revivirlo. Ya estoy cansada de extrañar y de desear; y hasta la coronilla de arrepentirme y sentir pena por mí.
No sé si es que estoy creciendo. O más bien me está creciendo una capita de insensibilidad. Así nomás. Como cuando uno empieza la adolescencia, así de la nada, de pronto empiezas la adolescencia, y no es que tú lo hayas decidido, y no es que de pronto todos están adolesciendo y te dejas llevar, y no es que inconscientemente adolecer sea una buena idea. Sólo un día, de pronto, lloras, sufres profundamente sin razón, y al día siguiente, ríes, te emocionas profundamente sin razón, y las primeras veces, la sinrazonería es obvia y clara, e incluso tus amigos, que están pasando por exactamente lo mismo, sólo te ven con cara de "depresión adolescente, ¿verdad?", y tú sólo les regresas exactamente la misma mirada, y hasta ahí estamos bien. Pero, claro, luego, después de años de lo mismo, la sinrazonería se vuelve absurda, tan totalmente ridícula y patética, que, al menos, yo, desde mi trinchera, decido, en la sinrazón más absoluta, darle una razón de ser a todo ese montón de patrañas orgánicas. El sufrimiento ahí estaba. La euforia ahí estaba. Yo decidí darle una bonita, romántica, casi odiseica razón de ser.
Pum.
En eso, pasan diez años. Quince años.
No sé si es que estoy creciendo. O es nomás resignación. El cuerpo es implacable con sus mensajes. Ya pasaron diez años desde que mi cuerpo era simplemente perfecto, y aguantaba todo. Y ahora que lleva diez años alejándose de la perfección, él solito se autorregula para no chingarse más. No estoy segura, pero creo que he dejado de adolecer. Creo –y me da miedo decirlo firmemente, porque no vaya ser el diablo, y entonces me caiga la maldición otra vez– que simplemente he dejado de vivir la vida como si fuera una enfermedad. Y para esto me permito citar la RAE (s.v. adolecer).
adolecer.
(De dolecer).
1. tr. ant. Causar dolencia o enfermedad.
2. intr. Caer enfermo o padecer alguna enfermedad habitual.
3. intr. Tener o padecer algún defecto. Adolecer de claustrofobia.
4. prnl. compadecerse (‖ sentir lástima).
Y... bueno, ¿a qué iba con todo esto? Es que últimamente ñoñeo tanto y con tanta aceptación, y realmente me he logrado mantener tan alejada de los problemas, que me sorprende. Y lo más extraño es que no estoy aburrida. Estoy tranquila. Antes no aguantaba la tranquilidad. En cuanto la tenía, me subía despavorida al primer tren descarrilado que veía. Ahora es extraño no sentir reticencia a la tranquilidad. En cuanto empiezo a sentir que me aburro, me acuerdo que tengo quinientas lecturas que hacer.
¿Será esto la adultez?
Ni sé. Pero, todo esto, para seguirme disculpando por la falta de montañirrusismo en mi vida. Que desemboca en una obvia y frustrante falta de escritura vivencial. Lo siento. Ahora soy un ser plano. Y además no me da la gana recordar mis 15 años de mexican soap opera. Y el raiting baja. Es tristísimo.
Ahora me voy a dedicar al haikú, o al soneto, o a cualquiera de esas artes, en las que estás tan preocupado por la métrica, que revivir la experiencia quedó en el primer nivel, y luego se olvida.
sábado 7 de noviembre de 2009
del norte
Viento que corta. Viento afilado. Viento puntiagudo. Viento delgado. Tan delgado que se mete en las comisuras de la ropa. Tan finito que te atraviesa los poros de la piel. Que se sumerge en tu cama. Que busca calentarse, a pesar de sí mismo. Viento persistente. Que se instala en la punta de tus dedos a descansar. En la punta de la nariz. En las rodillas. Que se va quedando en el laberinto de las orejas.
sábado 31 de octubre de 2009
metro stories
Qué risa. No van a creer lo que vi en el metro hoy, saliendo de la chamba.
Gente parada. Detenida, quiero decir. Inmóvil.
Se manifestaban en contra del Halloween. We Japanese don't need Halloween, decían los cárteles. Yo, con perdón de tan noble causa, me reí por dentro. No sólo era el hecho de que, habiendo tantas y tantas razones por las cuales expresar repudio, hubieran decidio hacerlo contra el Halloween –además de que, dado ese caso, es incongruente que dejen pasar Christmas y Valentine's Day, que tan institucionalizados están–, sino que los policías que rodeaban a los manifestantes eran mayores en número. Incluso los mirones éramos mayores en número. Y lo mejor –lo mejor– de todo era que, cada dos o tres minutos, se escuchaba por el altavoz: "levantar la voz, hacer escándalo dentro de las instalaciones del metro, puede molestar al resto de los transeúntes, favor de abstenerse".
Un par de policías repetían, "no se detengan, sigan caminando, no se detengan, sigan su camino...". Yo me detuve unos cinco o diez minutos, mientras veía cómo la gente alzaba sus celulares para tomar fotos, y luego seguí mi camino.
Gente parada. Detenida, quiero decir. Inmóvil.
Se manifestaban en contra del Halloween. We Japanese don't need Halloween, decían los cárteles. Yo, con perdón de tan noble causa, me reí por dentro. No sólo era el hecho de que, habiendo tantas y tantas razones por las cuales expresar repudio, hubieran decidio hacerlo contra el Halloween –además de que, dado ese caso, es incongruente que dejen pasar Christmas y Valentine's Day, que tan institucionalizados están–, sino que los policías que rodeaban a los manifestantes eran mayores en número. Incluso los mirones éramos mayores en número. Y lo mejor –lo mejor– de todo era que, cada dos o tres minutos, se escuchaba por el altavoz: "levantar la voz, hacer escándalo dentro de las instalaciones del metro, puede molestar al resto de los transeúntes, favor de abstenerse".
Un par de policías repetían, "no se detengan, sigan caminando, no se detengan, sigan su camino...". Yo me detuve unos cinco o diez minutos, mientras veía cómo la gente alzaba sus celulares para tomar fotos, y luego seguí mi camino.
martes 20 de octubre de 2009
Todai stories
These days, everything is new.
I wish you could see me actually enjoying campus life. Enjoying being a student (still). Walking the streets, going to the library, buying a book, having tea with a friend, somehow getting into the juggling club. Simply not feeling guilty for being here, feeling that I don't deserve to be here, that I don't belong here.
You know, when she told me, I wasn't sure if I wanted you as my student but I took the chance. Still I'm not sure if you are going to make it here. Even if I put all my effort, I can't trust that you make it here. Can you imagine how did she make me feel? Did I need all that pressure over me?
I don't think so. I don't feel so. It didn't work for me. I almost quit the masters, just for the pressure.
I said it once before, I will say it again. That aggressive terrorist kind of guidance –if you can call that "guidance"– works in the same way as abusive child care. Academic harassment, if you allow me.
And then at the end (you are not going to believe this), she gives me a hug, with tears in her eyes.
Crazy, isn't it? I was so confused that I had to tell everyone around what just happened. Did I made a mistake here? Am I being the bad one?
When the most learned of my friends heard the story, she just said, I am glad that you changed. She is just like one of those lout boyfriends that once you break up with them, they start to be nice.
I wish you could see me actually enjoying campus life. Enjoying being a student (still). Walking the streets, going to the library, buying a book, having tea with a friend, somehow getting into the juggling club. Simply not feeling guilty for being here, feeling that I don't deserve to be here, that I don't belong here.
You know, when she told me, I wasn't sure if I wanted you as my student but I took the chance. Still I'm not sure if you are going to make it here. Even if I put all my effort, I can't trust that you make it here. Can you imagine how did she make me feel? Did I need all that pressure over me?
I don't think so. I don't feel so. It didn't work for me. I almost quit the masters, just for the pressure.
I said it once before, I will say it again. That aggressive terrorist kind of guidance –if you can call that "guidance"– works in the same way as abusive child care. Academic harassment, if you allow me.
And then at the end (you are not going to believe this), she gives me a hug, with tears in her eyes.
Crazy, isn't it? I was so confused that I had to tell everyone around what just happened. Did I made a mistake here? Am I being the bad one?
When the most learned of my friends heard the story, she just said, I am glad that you changed. She is just like one of those lout boyfriends that once you break up with them, they start to be nice.
jueves 1 de octubre de 2009
keep looking, don't settle
Estos días he hecho otras cosas que no han sido escribir. Ni leer. Ni pensar a lo güey, nomás. Me he puesto a cocinar, y para eso invité una amiga a cenar. Me he puesto a ver películas y para eso invité a otro amigo al cine. Me he puesto a dibujar, y para eso... nada, sólo la gente se sacaba un poquito de onda en el tren. ¿Y qué ha pasado? Por fin pude mandar unos papeles para otra beca, a la que ya no le tengo tanta esperanza; pero que espero que me den, porque esta situación es cansada y confusa. No he dejado el restaurante porque me encanta, pero sobre todo no he dejado el restaurante porque necesito comer y pagar el celular, por lo menos. Y cada que me clavo en el restaurante, me confundo. Y cada que estoy clavada en el restaurante y tengo que hacer una tarea de la escuela, la tarea de la escuela me causa dolor de estómago, no la quiero hacer, y ¿qué pasa? Que se pasa el deadline, y luego estoy pidiendo prórrogas desesperadamente. Y ahora que me quiero clavar en how is it that we understand?, servir platos me causa ansia, me hace sentir que pierdo preciado tiempo analítico.
Y luego hoy me encontré a Steve Jobs dando un discurso en la Universidad de Stanford. Me sacó una sonrisa y casi que hasta una lagrimita.
Y luego hoy me encontré a Steve Jobs dando un discurso en la Universidad de Stanford. Me sacó una sonrisa y casi que hasta una lagrimita.
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